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SOBRE MI

«Elige bien a tu copiloto de vida, después de todo es quien pondrá la música».

Todo empezó…

Hace siete años estaba yo en la preparatoria, casi acabando bachillerato. En ese entonces yo jugaba baloncesto, siempre he sido una persona apasionada por el deporte, recuerdo que conocí a una chica y empecé a salir con ella. Hasta ese momento yo entendía las relaciones amorosas como un evento que «sucedía de repente». Al principio, ella aparentaba ser muy tierna. Además, era muy introvertida y tenía un aspecto de una chica muy suave, muy linda, con una voz muy dulce también. A grandes rasgos: ella aparentaba ser una chica muy cariñosa. Sus comportamientos eran delicados, de una «dama». Sus delicados gestos y su afable comportamiento me hicieron creer que ella era algo que, muy pronto descubriría, en realidad no era. Morí. Morí, espiritualmente, al dejarme llevar por la ilusión que ella me ofrecía.

Al pasar el tiempo, uno o dos años, noté diferentes problemas que me hacían sentir bastante mal. Siempre he sido un chico muy deportista, los viernes yo asistía a mis entrenamientos de baloncesto, ella asistía a fiestas, salía con sus amigas, bebía alcohol, se embriagaba, llegaba tarde a casa, se involucraba con otros chicos, e incluso consumía drogas. En cierta forma eso me afectaba: yo sentía una conexión con ella y sabía que lo que hacía ella estaba mal. Yo creía que podía cambiarla, ayudarla: «yo soy su pareja y esa es mi función», pensaba yo. Pero esa es una idea ERRÓNEA ya que el que necesitaba ayuda en realidad era yo.

Empecé la relación con «mal pie»: el hecho de tener ciertas creencias o ciertos deseos o expectativas acerca de ella dieron origen a mi dolor y a mi sufrimiento.

La esperanza está muy alejada de las profundidades de lo que realmente es el amor. Desde la esperanza y el deseo de que tu pareja algún día cambié sólo somos capaces de observar la periferia, pero nunca el interior: el control, la manipulación, el miedo, el odio, el conflicto y la guerra.

Ella era un reflejo de mi realidad interior. Al cabo de un año de explotación emocional, de explotación psicológica, incluso económica, llegué a un límite: me sentía profundamente incómodo, inseguro, perdido, insignificante, culpable, con miedo… Y yo, en mi ignorancia, seguía creyendo que todo algún día cambiaría, que ella iba a cambiar, que yo podía cambiarla… La aguantaba porque yo creía que necesitaba cambiarla, pero lo que en realidad había dentro de mí no era esa necesidad sino otra: necesidad de afecto. Falta de afecto ligado al condicionamiento social que promueve la búsqueda neurótica de validación femenina o masculina que sirve, más bien, para reforzar de forma falsa y momentánea la autoestima. En otras palabras: un necesitado siguiendo a otro necesitado; un mendigo suplicando a otro mendigo.

Discutía siempre con ella. Intentaba cambiarla. Pero el único que en realidad se preocupaba era yo. La chica, mi ex novia, no proyectaba ni una pizca de interés en la relación. Yo estaba más preocupado por ella que por mí y eso a ella no le importaba nada: ¿cómo es esto posible?, me preguntaba yo. Esta dinámica relacional suele ser, para la mayoría de las personas, bastante típica: el problema es la falta de consciencia, falta de búsqueda de mejoramiento.

Llegó un punto en relación en la que exploté y ya no pude más. Este punto cumbre, este parteaguas, es cuando yo tomo poder sobre de mí, es como un destello de iluminación en donde sufrí tanto y estaba tan desmoralizado que se me ofreció la oportunidad para empezar a trabajar en mi consciencia. Fue un detonante para tomar «tomar el toro por los cuernos».

Sentí como una ola la angustia y el deprecio de una vida carente de energía, de un fluir sano, de un permanecer amoroso. Sentí que iba a morir: entonces me armé de valor y tomé la decisión de dejarla, exploté como un loco — después de que yo facilitara mi explotación.

Cuando la dejé me atropellaron problemas de salud y problemas existenciales. Pero yo sabía que había algo más. Sabía que no me podía quedar ahí: ¡no me avergoncé ni me avergonzaré de esa situación! Ese pasado fue mi maestro, cada centímetro, cada gramo, cada día, cada sufrir, fue por algo, fue mi enseñanza interior. El dolor de la relación lo usé como combustible para llegar a donde estoy ahora: me perdoné y la perdoné a ella. Gracias a ella es como todo inicia.

He detectado los miedos que tienen las personas y las he ayudamos a transformar ese miedo en la virtud del coraje; una virtud que una vez formada y anclada a su carácter les servirá ya no solo para desarrollar una vida amorosa saludable sino también para enfrentarse a los distintos retos que la vida le ofrecerá a lo largo del camino.